lunes, 11 de noviembre de 2013

Es un absurdo, es lo que es.

Mi idea de “felicidad” es prácticamente eso. Es como tocar esa suave tela del sofá. Como envolverse en una manta el día más frío de invierno. Como soplar una taza de café y notar el calor del vaho en la nariz, y que se te empañen las gafas. Como pasear por la orilla del mar al atardecer en otoño y notar la arena húmeda; jugar a que las olas, ya después de romper, no te alcancen.
Parecido a ese dolor de tripa que surge tras veinte minutos de carcajadas sin parar. Casi idéntico a ese temblor de después de…, bueno, ya sabes, después de volar.

Para eso no hace falta mucho, basta con tener un sofá, una manta, una taza, café y una muy buena compañía. La “felicidad” no es algo complicado, pero se complica.
Empieza a complicarse cuando ese sofá empieza a ser más áspero. Cuando llega el día más frío de invierno y justo echaste el día anterior la manta a lavar, cuando es domingo por la tarde, llueve fuera y quieres café, pero se gastó durante la pasada semana, esos días de caóticos trabajos hasta altas horas de la madrugada. 
Se complica cuando el dolor no es por reír a carcajadas, ni es en la tripa, sino un poco más hacia arriba; y cuando tiemblas, pero de miedo. 

Se complica, hasta el punto en que parece imposible alcanzarla, cuando te das cuenta de todas las intenciones que tienes y las pocas que llevas a cabo. Cuando le piensas; más bien cuando piensas que detestas pensarle. Se termina de complicar cuando te das cuenta de que el mar queda lejos, que el sonido de las olas es imposible de escuchar y que tus pies ya no juegan con la fina arena de la playa. 
Cuando recuerdas la paz del mar y su total felicidad.


"Un día más en la vida, 
es un día más,
otro día más".
Sidonie



2 comentarios:

  1. Aunque nos olvidemos de olvidar seguro que el recuerdo nos olvida.

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